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Título original: Vertigo
Fecha de estreno: Ya estrenado

Sinopsis de Vértigo (De entre los muertos)

Scottie Fergusson (James Stewart) es un detective de la policía de San Francisco que padece de vértigo. Cuando un compañero cae al vacío desde una cornisa mientras persiguen a un delincuente, Scottie decide retirarse. Gavin Elster (Tom Helmore), un viejo amigo del colegio, lo contrata para que vigile a su esposa Madeleine (Kim Novak), una bella mujer que está obsesionada con su pasado.

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Hace mucho que esta película de Hitchcock es una de las más famosas de la historia del cine, y una de las más admiradas, o sencillamente la más admirada, de su director. Eso sí, cuando se estrenó en los EEUU, no fue lo que se dice un éxito masivo, y aunque Hitchcock la amaba secretamente como el creador de una obra que sabe frágil y muy personal, no dudó tampoco en lamentar que no le quedó todo lo redonda que a él le hubiera gustado, echando la culpa a James Stewart, a Vera Miles y a lo que hiciera falta. En verdad, y para no andarme con demasiados rodeos sobre lo que pienso de esta obra, ‘Vértigo’ ha envejecido bastante mal, aunque sin duda posee un hipnotismo y una belleza en algunas de sus secuencias que justifican, y mucho, la veneración hacia esta obra. Una película realizada por su director un año después como ‘Con la muerte en los talones’ ha soportado muchísimo mejor el paso del tiempo, y otras como ‘La ventana indiscreta’, ‘La sombra de una duda’ o ‘Encadenados’, son mucho más sólidas, impresionantes y magistrales que esta.

Y, sin embargo, ‘Vértigo’ tiene algo que la convierte en un Hitchcock fuera de toda norma. La novela fue escrita expresamente para él, para que la adaptara al cine, y así la historia parece un compendio de las obsesiones más atormentadoras de este cineasta. Pero es incontestable que se trata de una enorme mentira argumental, de una trama que no se sostiene a poco que se mire con detenimiento (¿cómo es posible que Judy conserve el medallón? ¿qué policía no se daría cuenta de que Madeleine fue estrangulada antes de arrojarse presuntamente desde el campanario?), y hay grandes zonas que quedan muertas o demasiado explicativas. Pero es como si todo ello fuera necesario, imprescindible, para que Hitchcock llegase a donde le interesa llegar: la fantasía definitiva del voyeur, la reconstrucción de una enfermiza y devastadora obsesión y nostalgia por el amor perdido. La película es la gran obra que Hitchcock buscaba cuando vemos a Scotty vagabundeando por San Francisco triste y abatido y se encuentra con Judy y luego empieza a convertirla en Madeleine. Es vencer al tiempo irrecuperable, a la pérdida que se adivina en los ojos de Stewart.

Hitchcock, raro en él, sacrifica la verosimilitud de una historia y elabora una enorme estafa argumental para poner en un pedestal imágenes arrasadoras: la pareja besándose con el oleaje rompiendo en segundo término, Madeleine mirando el puente de San Francisco como si fuera un puente hacia la otra vida, la arquitectura de la misión española como el escenario de un sueño o de una pesadilla. En un principio iba a ser Vera Miles quien hiciera de Madeleine/Judy, pero ahora es imposible imaginarse a otra que no sea Kim Novak, uno de los más bellos animales que se han paseado por una pantalla, y en la unívoca masculinidad de Madeleine y en la sensualidad casi primaria de Judy, vemos a una Novak sublime, fantasía de recambio de un Hitchcock que se cogió un buen cabreo con el embarazo de la Miles y echó mano de una actriz pocas veces elogiada pero que sin duda se come la pantalla a dentelladas de talento y erotismo. Qué diferente habría sido la película con Vera Miles, quizá más parecida a esa mujer-institutriz que, según le contaba Hitchcock a Truffaut, es mucho más erótica que, precisamente, la típica mujer voluptuosa a lo Kim Novak. Hitchcock quería tocar el cielo por denegación, transmutándose en Scotty, porque a veces simplemente besar a la mujer de tus sueños es tocar el cielo..

Esta imperfecta pero extraordinaria película de Hitchcock, con imágenes sublimes y otras que hoy día rozan el ridículo, es un salto al vacío, una confesión sexual de ese cineasta irrepetible que, no me cabe duda, podría haber hecho cosas todavía mayores si hubiera nacido cuarenta años más tarde y hubiera gozado de la libertad que su ingenio y su sensibilidad necesitaban. El cine estaba poco preparado entonces para una mirada como la suya en su vertiente más personal, y quizá habría simplemente contado un sueño lírico sin recurrir a estafas argumentales o tramas especulativas. En realidad, Hitchcock estaba muy adelantado a su tiempo.

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