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Pendiente
Título original: Persona
Fecha de estreno: Ya estrenado

Sinopsis de Persona

Elisabeth, una célebre actriz teatral, es hospitalizada tras perder la voz durante una representación de "Electra". Una doctora la somete a toda una serie de pruebas, y afirma que está sana y bien, pero ella sigue sin hablar y permanece en el pabellón. Alma, la enfermara encargada de cuidarla, intenta establecer una relación con ella y se dedica a hablarle todo el tiempo.

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Si bien soy bastante aficionada a emitir una crítica sobre cada película que ha provocado algo en mí, después de sumergirme de facto en "Persona", creo que me veo incapaz de escribir algo que pueda expresar fielmente lo que me ha transmitido. No obstante, voy a intentarlo, no sé en qué grado de acierto. ATENCIÓN, SPOILERS:

Es bastante impresionante cómo desde el principio, con ese embriagador prólogo pertrechado de una concatenación de imágenes, a priori carentes de sentido, evoca un halo de intriga, turbación y desasosiego; pero que, al mismo tiempo, rezuma una atrayente simplicidad con rutilante autenticidad, que te subyuga hasta el punto de necesitar seguir admirándola, aún en el caso de que tal sucesión de simbología visualmente orgásmica, se tornara interminable.

Asimismo, si es cierto que me ha encantado ahondar en el contenido y escrutar las maravillas que aquí nos proponen sobre el alma humana, no he quedado menos hipnotizada con la forma de contarlo.
Calidad fotográfica impecable; primeros y lacónicos planos del rostro humano que, junto a unas interpretaciones mayestáticas, te hacen ponerte en conexión con cada fibra del personaje y hasta SER el personaje; escenas tan delirantes que no tienen parangón (desvelos nocturnos, alucinaciones...); miradas tan penetrantes o perdidas que horrorizan; guión tan depurado que hace prescindir de las imágenes para transmitir momentos o emociones de lo más explícito sólo insinuando, sin mostrar (como el relato del suceso sexual en la playa). En fin, una técnica sobresaliente.

Cuando nos adentramos en la obra, todo alrededor deja de ser importante. Es un lacerante periplo por los lugares más recónditos de la existencia humana. Me ha impactado sobremanera el mutismo voluntario como respuesta a la desazón de la vida. Ahí ya se me plantea la primera pregunta: ¿Sería una solución factible dejar de sentir o, más aún, de expresar, por el hecho de que precisamente es eso para lo que estamos programados y eso mismo lo que se espera de nosotros? Sólo de pensarlo siento un tremendo escalofrío.

Somos actores de nuestra propia vida... ¿Puede existir cosa más triste? Estamos continuamente guionizados y lo peor es que no somos conscientes ni en una ínfima parte. Si un día, como plantea una de las hipótesis de este filme, nos cansásemos de actuar, dejasen de "darnos cuerda", abandonásemos la palabra como forma de comunicarnos entre nosotros, ¿qué pasaría?

Aquí, vemos que el silencio (Elisabeth) viene a cautivar tanto o más que la palabra. Tal es así, que Alma (cuyo nombre no creo exento de intención por parte de Bergman) se llega a enajenar al no poder mitigar sus miserias internas con las desgracias ajenas (cosa que hacemos a diario). Se ve obligada a hablar y ser escuchada, lo que la hace sentirse amenazada y tal vez juzgada (algo a lo que tampoco estamos acostumbrados). Pero no es ese juicio foráneo el que la perturba, sino el suyo propio. Está siendo presa de la autocrítica que, sin duda, es la más dura a la que nos podemos enfrentar. Pongo, a colación, unas palabras del gran Maestro Buda: "Ni tus propios enemigos, pueden hacerte tanto daño como tus propios pensamientos". No puedo estar más de acuerdo.

Volviendo a la otra pieza del puzzle, el ensimismamiento que sufre Elisabeth es la respuesta antagonista frente al tedio de la existencia. Está, digamos, muerta en vida. Toma la opción de "ni sentir ni padecer", algo nada viable como puede verse. Surge así una relación como de vampirismo, necesitando ella absorber la esencia de una persona viva, consciente de sus actos, por lo menos aparentemente, la cuál encarna Alma. Es decir, es la única manera de proveerse de una identidad para poder vivir.

La soledad es atractiva, a veces, necesaria; si bien, no estamos completos sin otra "persona". No tiene por qué ser tangible. Me explico: Puede tratarse de un ente ficticio, que se convierta en nuestro "otro yo". No me refiero a amigos imaginarios propios de la niñez... O sí, ¿por qué no? No me parece una locura crear algo en nuestra mente que no nos proporciona la existencia misma y que nos puede complementar, en cualquier aspecto, hasta desembocar en crear otra "persona" de nosotros mismos. Aquí es dónde encuentro el sentido de las imágenes de la intro: Aparecen alusiones a la religión, al sexo, a la violencia, al cine (representando lo irreal), etc, las cuales trato de relacionar con ese afán que tenemos por llenar las oquedades que la vida plantea. Esto es, el ser humano, desde siempre, fervientemente ha necesitado encontrar respuestas a todo, incluso a preguntas que no se le han hecho. Por tanto, y lo que saco en claro, es que la incertidumbre y el desasosiego van a estar presentes de forma perpetua; si bien, sólo hay que saber encontrar el paliativo oportuno.

Como punto culminante, encontramos la simbiosis de esas dos "personas". Ambas atormentadas por sus vivencias, adoptan actitudes diferentes al respecto, y que convergen sin embargo, en sus miedos y frustraciones.

Si al principio es Alma quién trata de ayudar a Elisabeth, al final se cambian los papeles (excelente escena), en incluso se funden una misma "Persona".

Y es que en eso se resume todo: No vamos a ser la misma "Persona" a lo largo de nuestra vida, podemos ser infinitos, podemos ser eternos.

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Un choque enteramente dialéctico-hegeliano que da cuenta del concilio aparentemente súbito por necesidad entre Lacan y el propio Hegel: la mudez de una chica permite el despliegue narrativo completo de otra, y esto da lugar, opino, a alguna de las escenas más eróticas de la historia del cine, además de al definitivo escenario de perversión en el que el psicoanálisis tanto tiene que decir.
Superando el llevar al cine de autor clásico lo que es esencial en un thriller psicológico, Bergman alcanza en películas como ésta cotas de perversión propias de casos freudianos documentados. A cualquier entendido del asunto esta película le remite inexorablemente al abismo que hay entre sexualidades: la sexualidad en el hombre gira prácticamente al completo al rededor del falo (este girar tiene importancia. El giro, el "hacer contorno" -siempre metafóricamente hablando-, el "circular" al rededor del falo). Eso significa que verdaderamente, incluso cuando se está manteniendo la relación sexual con la mujer real, el elemento fantasmático es lo suficientemente importante como para imperar en el coito. Esto da lugar a lo que dice Zizek: la mujer queda reducida a la función de asistente masturbatorio. La mujer nos excita en la medida en que se encuentra, o por lo menos en la medida en que puede encontrar lugar, en el plano de nuestra fantasía. En la mujer es diferente: el goce no está en hacerlo meramente, sino en contarlo después. Por supuesto que gozan del acto en sí mismo, pero el goce definitivo radica en que en el propio momento del acto incorporan esta distancia narrativa minimal. El sexo es sexo cuando es narrativizable (RECORDEMOS EN ESTE CASO LO QUE MÁS DESTACO DE BERGMAN EN ESTA PELÍCULA: ESCENAS EN LAS QUE RELATA ENCUENTROS SEXUALES SIN RECURRIR AL VULGAR FLASHBACK. Aquí radica el erotismo de Bergman: en la narrativa del sexo).
En este punto el psicoanálisis lo tiene todo a favor: la sexualidad no es cuestión de la actividad corporal, sino de la verbalización de la actividad corporal, no entendido como dar logos a lo corpóreo, sino a corporizar la actividad corpórea por medio de la palabra. Por ello la seducción definitiva radica en el uso de la palabra. Esta seducción, lamentablemente, es la que se pierde en la pornografía. Esto se ve mejor en Blue Velvet de Lynch, donde la tensión existente entre realidad y fantasía calca la de la pornografía.

C.C.

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Intentar escribir algo de esta obra maestra del cine es casi imposible, es una tarea inabordable para cualquier ser humano, menos aún si no te llamas Bergman, y ninguno nos llamamos así. Ahondar de tal manera en las relaciones humanas con solamente dos personajes es como querer explicar el cine con dos imágenes.
Omitiría todos los apartados técnicos, que ya de por si se presuponen buenos en el sueco, pero no hablar de la fotografía, de esos maravillosos planos fijos y cercanos, casi interiores de las actrices, de ese travelling por la playa, de la magnífica y provocadora intro incapaz de descifrar en su totalidad, es casi un crimen.
Como crimen es intentar entender en su totalidad esta obra tan sencilla aparentemente y tan compleja, que te deja casi exhausto emocionalmente y perplejo por ese don antropólogo del director. Puedes, como mucho, acercarte a la idea general de lo que se propuso Bergman, descubrir que los ojos de Liv Ullman dicen casi tanto como toda esa locuacidad que emana Bibi Andersson, pero jamás, y digo jamás, nadie podrá comprenderla en su totalidad, incluso casi 50 años después de que se rodara.
Siempre he admirado a Bergman y a su cine, y sus películas me han gustado, pero esta es algo más, esta trasciende, tiene poso, y no solo en mi, también en la historia del cine.

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Esta es mi segunda película de Bergman (la primera fue "El séptimo sello"), a ambas películas les he puesto un 9, como ya hice en mi otra crítica a Bergman, me veo obligado a remarcar mi edad dada la película a la que escribo esta crítica: 15 años. Si bien "Persona" no es la película más cargada que he visto en mi vida, sin duda se acerca.
Silencio: Abstención de hablar.
Silencio en "Persona": Abstención de vivir.
"Persona" es una película llena de misticismo, en el que cada magistral plano (menuda fotografía) te cuenta más de lo que te pueden decir con palabras, en el que cada silencio es una tormenta de emociones, en el que si desvías la vista un mísero segundo, te has perdido la mitad de la película.
Planos largos y angustiosos, miradas que denotan ternura, afecto, amor, pero que tienen la capacidad de transformarse en odio, rabia, miedo según las diversas condiciones.
Pocas cosas se pueden decir en esta película que no se hayan dicho ya, téncicamente una joya: fotografía perfecta, actuaciones magistrales, guión sobresaliente... Pero nunca hay que olvidar las lecciones filosóficas del maestro Bergman, que siempre le añaden un toque personal, sobrecogedor y a veces incluso molesto.
Esta vez Bergman utiliza como ejemplo el mutismo para contarnos la lección de hoy, en el que una persona se encierra en si misma por miedo a la propia vida y al dolor, al amplio e infinito dolor que esta escampado por el mundo como una plaga.
La opinión moral y filosófica de Bergman es complicada de entender, a pesar de que prácticamente lo grite a voces, nos forzamos a intentar comprender más allá de lo que ven nuestros ojos, que es en lo que se basa la película, en las imágenes que ya cuentan más que el propio diálogo (o monólogo se podría decir).
Sin duda es diferente a "El séptimo sello", pues la nombrada no se corta con las palabras, se basa en metáforas existenciales, en simbolismos y en meros pensamientos que Ingmar transmete al espectador mediante las reflexiones de los personajes, mientras que "Persona" es toda entera un código que tú mismo debes intentar leer, el código que se esconde detrás de cada imagen.
Posiblemente os diréis a vosotros mismos que soy un adolescente que trata de ser pedante, un niñato que pretende profundizar sobre la vida para parecer inteligente, aunque si me importara parecer ingenuo al expresar mi opinión sería ingenuo de verdad. Una obra maestra.

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